El Conocimiento del Dios Santo

TERCERA PARTE

Por Art Katz

No existe nada que debiésemos de apreciar, preservar y proteger con mayor empeño que el sentir y el conocimiento de Dios como de hecho Él es, más que Dios como hayamos pensado que sea. Si perdemos el conocimiento de Dios como Él es en realidad, ¿qué nos queda entonces? ¿Quiénes somos? ¿Cuál es nuestro testimonio? Todo en el mundo, incluso en el mundo religioso, conspira contra el conocimiento de Dios. Irónicamente, una de las extrañas paradojas comunes e implícitas en la fe es que nuestro propio entusiasmo y deseo por reuniones exitosas pueda oponerse y llegar a ser el mayor detrimento en nuestra obtención del verdadero conocimiento de Dios.

Siempre hay lugar para el peligro de hacer que Dios se vuelva algo cotidiano, de convertirlo a Él a nuestra propia imagen. Y podemos llegar al punto de ni siquiera estar conscientes de lo que estamos haciendo. El lamento de Dios hacia nosotros a través del profeta Isaías es que hemos pensado de Dios como alguien semejante a nosotros, y que el conocimiento de Él es enseñado por preceptos de hombres, pero una vez que uno a recurrido al precepto, ya no es Dios el que está siendo proclamado, sino los principios acerca de Dios, no Dios Mismo. Se nos anima a “contender ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos” (Judas 3). La fe no es un pliego de doctrinas o un medio a través del cual obtenemos algo de Dios. La fe genuina es la aprehensión de Dios como Él es, el sentir de Él, el temor y el asombro de Él.  Este conocimiento lo templa todo. Si no encontramos este conocimiento en la Iglesia, entonces el mundo es abandonado a su suerte y pierde cualquier esperanza de conocer a Dios en verdad. Siendo así, no es de asombrarse que las señales y milagros de los recientes avivamientos encuentren una aceptación general. Somos de antemano una audiencia que busca algo nuevo, necesitando experimentar un estímulo. Nuestra vida cristiana es difícilmente algo más que una sucesión interminable de predecibles cultos de domingo.Desgraciadamente, aquello que tanto deseamos no es lo que realmente necesitamos. Al contrario, probablemente nos aleje de obtener el verdadero conocimiento de Dios. ¿Acaso no se nos exhorta a probar todos los espíritus? ¿Cómo entonces podemos ignorar la prevalencia de aberrantemente ensordecedora música de adoración, ofrendas de alto calibre, verdaderas actuaciones de teatro y la atmósfera imperante de carnaval en tantas de nuestras reuniones? ¿Y qué acerca de los chillidos que dejan helada la sangre y los gritos que acentúan los procedimientos? ¿Qué es lo que hacemos ante la patente ausencia, a veces solo como mera formalidad, de la proclamación de la Palabra? ¿Cómo respondemos a aquellos testimonios que embotan el espíritu, a menudo expresados en un estupor discordante con la dignidad de Dios? ¿Ha Dios dejado de ser el Dios que insistía en que Sus sacerdotes ascendieran al altar usando una rampa en lugar de escalones para que nada de su carne quedara al descubierto (Éxodo 20:26)? Es un requerimiento peculiar, pero al levantar una pierna para subir de un peldaño a otro, existía la pequeña posibilidad de que se revelase la carne del sacerdote, y la rampa aseguraría que esto no sucediera. Él es el mismo Dios que mandó a Aarón que vistiera la diadema de oro continuamente sobre su frente (Éxodo 28:36), el mismísimo lugar que hoy en día hacemos rápidamente disponible para recibir un toque buscando el efecto deseado de ser “derribados por el Espíritu”. “Y hablarás a los hijos de Israel, diciendo: Este será mi aceite de la santa unción por vuestras generaciones. Sobre carne de hombre no será derramado, ni haréis otro semejante, conforme a su composición; santo es, y por santo lo tendréis vosotros. Cualquiera que compusiere ungüento semejante, y que pusiere de él sobre extraño, será cortado de entre su pueblo” (Éxodo 30:31-33). Claramente, la advertencia es contra falsificar el aceite de la unción o contra fabricar algo semejante. ¿Cuántos de nosotros consideraríamos el uso de amplificadores para sacudir a la gente creando una atmósfera para el Espíritu como fabricar un aceite de la unción?  Dios ungirá lo que Él señale, no lo que queramos para nuestra propia satisfacción y disfrute, o para asegurar que el culto sea bueno. No hagamos otro aceite semejante. En su libro, El Poder Latente del Alma, escrito en la década de 1920, Watchman Nee advirtió acerca del poder del alma (entendiéndola como mera emotividad), y contra el engaño que puede ser inducido con instrumentos musicales y aquellas cosas que había antes de que fuesen inventados los amplificadores.

Nuestro dolor es para que la “Santidad a Jehová” sea inscrita nuevamente en las frentes de hombres y mujeres sacerdotales que se pongan firmes por Él durante ésta edad nada menos que vulgar. Es también el clamor de Isaías: “Apartaos, apartaos, salid de ahí, no toquéis cosa inmunda; salid de en medio de ella; purificaos los que lleváis los utensilios de Jehová” (Isaías 52:11).…y del apóstol Pablo: “Así que, amados, puesto que tenemos tales promesas, limpiémonos de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el temor de Dios” (2 Corintios 7:1). Una apreciación por la santidad del Señor debe de acompañar cualquier avivamiento genuino o despertar del pueblo de Dios. ¿Cuántos de nosotros conocemos la santidad a la que me estoy refiriendo? Tenemos una vasta descripción en la Escrituras en los libros de Éxodo, Deuteronomio, Levítico y Números que claramente define un Dios santo y un pueblo santo. Se trata de un pueblo de los Últimos Tiempos, un remanente quienes tengan esa misma diadema que hacía presión contra la frente de Aarón en donde estaba escrito, “Santidad a Jehová”; gente que siempre está consciente de lo que dicen y de lo que hacen porque saben que están delante de un Juez santo. Tal preocupación celosa por la santidad de Dios es prácticamente desconocida para nosotros; se ha perdido. Esta revelación es una provisión de parte de Dios, y si está profundamente gravada en nuestros corazones, será una defensa y una muralla contra la edad fingida y barata en la que vivimos. El Espíritu Santo bien pudiera ser llamado el “Espíritu de Santidad.” Este ministra en el espíritu de la verdad, el espíritu de la justicia, el espíritu de la santidad. Cuando es recibido de esa forma, Él será para nosotros ese poder y esa capacitación necesarios en nuestras vidas. ¿Cómo podrán los judíos, quienes están tan enredados en el espíritu del mundo y son sus principales promotores, ser salvados de su propio engaño masivo si no hay una Iglesia que pueda mostrarles la santidad de su propio Dios?

ADORACIÓN Y SACERDOCIO

La tragedia del Movimiento Carismático, con todo su énfasis en alabanza y adoración, es que sus adeptos lo han convertido en una técnica para su beneficio, para generar cierta atmósfera propicia para lo que siga a continuación. Lo han hecho para nosotros, más quepara Él. La verdadera adoración bien pudiera ser descrita como la expresión no premeditada, espontánea de una realidad en Dios que viene a través de gente que ha estado junta lo suficientemente y en tal intensidad como para obtener dicha realidad.  Ellos han llegado a un lugar de veracidad en su conocimiento de Dios y en su caminata ante los demás en comunión verdadera bajo la sombra de la Cruz. ¿Tenemos acaso el temor de Dios suficiente como para resistir el ser persuadidos por acordes musicales u otros métodos que apelan al alma en lugar de al espíritu, que tienen como fin encajarnos en cierta predisposición?  Tales manipulaciones impías obran contra los más altos propósitos de Dios.  Solamente un sacerdote se estremecería ante estas cosas, mientras que aquellos que meramente desean ser entretenidos no van ni a pestañear.

En el corazón del sacerdocio hay un “esperar en Él” hasta que llegue el tiempo que a Él le agrade.  Si deseamos ser la revelación de Su luz, vamos a tener que reconsiderar qué es lo que estamos haciendo cuando nos lanzamos en la así llamada adoración y cantar coros, u otras simulaciones de esperar en Dios. A menos que haya un sentir de lo que es sacerdotal, la alabanza será solo mecánica, o un medio, una manipulación, y esto no es entrar en el lugar santo para nada. Degenerar hasta el punto donde la alabanza sea celebrada como lo es actualmente mientras que realmente es una manipulación, es una tragedia. Se convierte en pura retórica y palabras, en un vocabulario que no tiene vida genuina o significado. Los dos hijos de Aarón murieron por ofrecer fuego extraño. Ellos eran sacerdotes, llamados por Dios, pero actuaron en base a un deseo de evocar la gloria de Dios cuando no era su derecho. Ellos vieron algo que fue demostrado por la obediencia de Aarón y Moisés, y pensaron que podrían hacer lo mismo. Se presentaron en el momento equivocado, de la manera equivocada y en lugar de invocar un fuego glorioso, invocaron un fuego que los fulminó. ¡Fuego extraño! Tenía la forma, pero no era lo verdadero, y en lugar de traer vida, trajo muerte.

Este episodio contiene una profunda revelación para nosotros el día de hoy.  Aun Aarón como Sumo Sacerdote no podía entrar al Lugar Santísimo a su antojo.  Habiendo atestiguado la muerte instantánea de sus hijos, ¿cómo podría él pensar que podría entrar al lugar santísimo cuando así lo eligiera? ¿Cuál es la aplicación práctica para nosotros? ¿Pensamos que podemos entrar cuando nos venga en gana al lugar de adoración santa? ¡El solo juntar la banda o la orquesta y hacer sonar los coros no significa que estamos adorando!  Eso no es el incienso verdadero o los carbones encendidos de los cuales se eleva una nube de olor fragante en la que Dios se manifestará. Sonará a golpe seco, no será una gloria, y si seguimos haciendo las cosas de esa manera, obtendremos profecías falsas, exhortaciones baratas, cosas calculadas para evocar de nuestra parte cierta clase de respuesta. Iremos de ser inmaduros, moviéndonos en las emociones, hasta el punto en que seamos completa e irremediablemente engañados.

EUNUCOS PARA CRISTO

Jesús habló una vez acerca de los eunucos. Dijo que hay algunos que nacen siendo eunucos, quienes nunca tendrán el medio físico para la gratificación que es otorgada a todos los hombres; que algunos son hechos así por los hombres, y que otros se han hecho a sí mismos eunucos por amor al reino de los cielos (ver Mateo 19:12). Solamente se puede creer implícitamente en un eunuco. Él no se va a apropiar de nada para sí mismo, porque como el Señor, un eunuco ha sido “cortado de la tierra de los vivientes” (Isaías 53:8b), y Dios nos ofrece la misma oportunidad. La cruz de Cristo es la provisión para que nosotros podamos ser cortados también de la tierra de los vivientes. Un eunuco por amor de Cristo es la única persona que estará a salvo al final de la edad, una edad que abunda en iniquidad, llena de inmundicia y lujuria, de seducciones poderosas y sensualidad. Él ha reconocido las inclinaciones horribles de su carne, y ha visto que el discipulado auto-conciente no es la respuesta;  ha visto que cantar los coritos no es la respuesta. Hay solamente una respuesta; es la cruz de Cristo Jesús, no la falsificación de plástico, sino la sangre salpicada sobre la cruz, el lugar de sufrimiento y vergüenza a donde Dios nos está invitando. La cruz es el poder de Dios para salvación a aquellos que se le unan, quienes se han hecho voluntariamente eunucos para Cristo. Necesitamos ver esta verdad, venir a ella y aferrarnos a ella hasta el final de la edad. Habiendo hecho esa decisión, invitaremos a la muerte diariamente, a la reiteración diaria del misterio del sufrimiento en formas que son apropiadas de una manera única para nuestra vida, nuestro llamamiento y nuestra caminata.

La vida de Cristo jamás será amalgamada a la nuestra a menos que sea a través de la condición necesaria de morir diariamente. El drama entero, la representación y la base para ello son futuros, pero también hay una parte que debe de cumplirse diariamente en nosotros. Si la cruz no opera diariamente, si no estamos dispuestos a sufrir sus muertes, nos hacemos candidatos al engaño.  El asunto de ser salvados del engaño es el asunto de la cruz, y nuestra disposición a ser despiadados con nosotros mismos y a sobrellevar el sufrimiento que implica cuando Dios clarifica las cosas. Si racionalizamos y justificamos nuestra conducta, si encontramos una forma de explicar las cosas de tal forma que nos gratifique y nos salve de nuestra percepción del pecado como tal, entonces somos, en la misma medida, candidatos al engaño. Ese es el porqué las escrituras citan al amor por la verdad como uno de los medios principales por los que somos salvados del engaño, no a través de un amor por algo que es técnicamente correcto, sino la verdad como Dios la ve. La expresión más aguda de lo que es la verdad es Cristo y Él crucificado. El individuo que se aleje de la cruz no vive una vida cruciforme y está indispuesto a sobrellevar el sufrimiento de la cruz. Deseando la “bendición” pero no la vida de la cruz, se hace candidato al engaño. Ese engaño bien pudiera ser permitido por Dios Mismo, quien dará permiso a las ilusiones mentirosas para que caigan sobre aquellos que han despreciado el amor de la verdad. La mera tolerancia por la verdad, o aun el respeto por la verdad no son suficientes. Solamente un amor por la verdad tiene el poder de guardarnos del engaño. Necesitamos ser despiadados en este sentido y aplicar la cruz, trayendo muerte sobre aquellas cosas a las que Dios llama nuestra atención y que nos permite ver justamente para ese propósito.

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