La Verdad de Dios

SEGUNDA PARTE

Por Art Katz

El episodio de Ananías y Safira en el libro de los Hechos es el recuento impresionante de un incidente que ocurrió durante otra edad, en una hora cuando el Espíritu de Dios prevalecía en gran magnitud y pureza.  La Iglesia estaba en su gloria, porque estaba alerta con respecto al asunto de la verdad y el engaño.  Ella sabía que antes de que el Espíritu de Dios se manifestase a Sí Mismo como el Espíritu de poder, Él tenía que ser primera y primariamente el Espíritu de Verdad. Cuando la verdad es abandonada, cuando se hacen componendas en detrimento de la verdad, ¿cómo podemos pensar que la Paloma va a permanecer por ahí para dar las expresiones de poder que solamente servirían nuestras necesidades y gratificar nuestras almas?  Necesitamos que exista el mismo celo por la verdad que Pedro desplegó, permitiéndole discernir  la fraudulencia de un hombre y su esposa, quienes donaron una suma de dinero, pero presentada como todo el precio cuando solamente era una parte. Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios. Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron (Hechos 5:3-5). Y casi en el siguiente aliento leemos, “Y por la mano de los apóstoles se hacían muchas señales y prodigios en el pueblo; y estaban todos unánimes en el pórtico de Salomón” (Hechos 5:12). En otras palabras, el respeto hacia el Espíritu de Dios como el Espíritu de verdad precede y traza el camino para el Espíritu de Dios como el Espíritu de poder. En lo que he podido observar, le hemos dado un completo revés a ese orden. Celebramos el poder, las señales, las maravillas, mientras relegamos la verdad a una mera consideración distante, si es que acaso la consideramos. ¿Quién de nosotros no ha jugado al juego de dar una parte haciendo que parezca que estamos dando la cosa completa?

Hubo un tiempo cuando solíamos decir que la verdad es toda la verdad y nada más que la verdad, o no es la verdad. Redondear y recortar las esquinas, cualquier cosa que sea menos que todo el paquete convierte en una mentira algo que parece impresionante. Para mí es un verdadero dolor meditar en esto porque es la tristísima condición que permea nuestras vidas. Le hemos dado a Dios una medida de nosotros mismos solamente, pero llamamos a esa medida “el todo” cuando es meramente una parte. No tenemos la reticencia, la modestia o la mansedumbre que son apropiados para un pueblo cuyo Señor es el Cordero de Dios. ¿Hasta qué grado somos diferentes de Ananías y Safira?  ¿Buscamos y anhelamos la evidencia y poder de una vida totalmente entregada a Dios, mientras nos ofrecemos solo en parte?  Todos queremos dar la apariencia de estas cosas, queremos el confortamiento del Espíritu, la comunión íntima, pero los deseamos al precio menor de reconocer la verdad solo doctrinal o correctamente, en lugar de reconocer la verdad como la suma y la sustancia de la realidad de nuestras vidas.  Queremos la apariencia de verdad, pero no estamos preocupados con ser verdaderos.  Deseamos las palabras correctas. Queremos aprobar la verdad, pero no obedecerla. ¡Por lo tanto, tenemos solo la verdad parcial y fraseológica, haciendo que eso pase como el todo, como si tuviésemos la realidad que estamos describiendo! El tolerar voluntariamente tanto así como una sola mentira es violar toda la verdad. Ser noventa y nueve por ciento verdaderos, o verdaderos por la mayor parte, y presentar eso como toda la verdad es, en efecto, la mayor de las mentiras; pecar en cualquier parte es haber pecado en el todo. Es en el área en la que estamos más tentados a ocultar donde el asunto de la verdad está realmente.  ¿Cuál es la única verdad, el asunto final, aquella reserva que nos impide entregarlo absolutamente todo a Dios? ¿Qué ha de cambiar para hacer que la verdad sea realmente la verdad, y traer a la Iglesia y a su comunidad la realidad de la presencia y gloria de Dios? El Apóstol Judas Vio Este Día ¿Por qué será que tenemos tanta indisposición a criticar  cualquier cosa que aparente tener poder, especialmente cuando viene de personalidades y ministros populares? ¿No podemos considerar la posibilidad de que esos hombres bien pudieran ser los vehículos a través de los cuales puede venir el engaño? Existe un patrón peligroso al que Dios quiere llamar nuestra atención en el libro de Judas: “No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las potestades superiores” (Judas 8). Pudiésemos haber pensado que esta advertencia en Judas habla de un tiempo futuro cuando estas cosas serían tan groseramente expuestas que estaría por demás claro a quiénes se refiere, pero percibo la resonancia de la referencia hecha por Judas dentro de nuestra propia generación. Creo que el tiempo ha venido para examinar la Cristiandad presente y sus ministros a la luz de estas advertencias.

¿Quién hubiera pensado que Judas, verso 8, sería una descripción del ministerio o ministros de hoy en día que pueden cautivar la imaginación de las masas, y por quienes sentimos tal afecto?  Dios bien pudiera describir a estas personas como soñadores inmundos. Lo que hace que sus sueños sean inmundos es su ambición, y la manera en que su ministerio se convierte en el medio hacia el engrandecimiento personal, hacia el establecimiento de un estilo de vida que, para ellos, parece perfectamente apropiado para la importancia de la obra que presumen hacer. El estilo efusivo de sus ministerios y las elaboradas ofrendas que requieren revela su ambición.  El único ministro en que se podría confiar al final de la edad es aquél que no sueña sus propios sueños, ni tiene ambición personal, y que no se mira a sí mismo como un tipo de personalidad exaltada demandando la atención, la devoción o el afecto de su audiencia. ¿Y qué es lo que significa “rechazar la autoridad”?  ¿Pudiera ser que no tienen un corazón real para la autoridad?  Ellos hacen su propia cosa y no son responsables o rinden cuentas ante nadie.  Pueden tener credenciales ministeriales en una organización cristiana, pero la estructura de muchas organizaciones no se presta para hacer un balance.  Tienen un gabinete y su séquito, pero más veces que no, esas personas afirman al ministro en su propio deseo y voluntad. ¿Qué tan dispuestos pueden estar a contradecirle o a exigirle cuentas? Pero éstos blasfeman de cuantas cosas no conocen; y en las que por naturaleza conocen, se corrompen como animales irracionales. ¡Ay de ellos! porque han seguido el camino de Caín, y se lanzaron por lucro en el error de Balam, y perecieron en la contradicción de Coré (Judas 10-11). Parte del error de Balam fue el ministerio a la venta.  En algún lugar durante el curso del tiempo, a favor de sus propios intereses, un individuo se apropió codiciosamente del ministerio, o del llamamiento, o incluso de la unción que Dios le había otorgado. El Espíritu habló a través de Judas para describir un portento de cosas que vendrían durante los Últimos Días a través de hombres como esos, quienes no son de la fe, aunque son aceptos de alguna manera dentro de ella.  Ellos son una distorsión perversa de lo auténtico, y aun así tienen una influencia poderosa en la Iglesia hoy en día. Estos son manchas en vuestros ágapes, que comiendo impúdicamente con vosotros se apacientan a sí mismos (Judas 12a). Tienen acceso y lugares dentro de las celebraciones cristianas.  La ausencia de la conciencia de Dios como Juez ha producido una disminución del temor de Dios, de tal forma que vemos la conducta más descarada, impía y sin sentido.  Siendo así, podemos entender que tanto perpetradores como participantes “no tienen temor,” como si Dios mismo no estuviese observando, como si Dios mismo no hubiera dicho en Su Palabra, “Estén seguros que su propio pecado los encontrará.” Nubes sin agua, llevadas de acá para allá por los vientos; árboles otoñales, sin fruto, dos veces muertos y desarraigados; fieras ondas del mar, que espuman su propia vergüenza; estrellas errantes, para las cuales está reservada eternamente la oscuridad de las tinieblas (Judas 12b-13).

Muy a menudo cuando tales ministerios colapsan, no transcurre mucho tiempo antes de que el fundador caído establezca otro. No existe lugar semejante a una empresa privada en Occidente, donde una estrella puede vagar de un lugar a otro, emplear a un abogado para establecerse y convertirse nuevamente en una estrella, enviando los materiales de relaciones públicas y el correo masivo. Estas estrellas errantes parecen ser genuinas, pero después de que has dejado una de sus reuniones o apagado la televisión donde estabas viendo una de sus campañas, ¿qué es lo que realmente permanece en tu espíritu? ¿Qué cosa efectual ha sido gestionada? ¿Qué ministerio significativo ha sido obtenido? Estamos en el punto de un peligro tal, que algunos consideran la industria del entretenimiento cristiano como el “sexto” de los cinco ministerios. Necesitamos entender qué es el entretenimiento.  Es sensacionalismo; llena el vacío del aburrimiento; es una placentera distracción de las cosas que son reales y actuales que merecen nuestra atención.  La Iglesia es llamada por Dios a ser la “columna y baluarte de la verdad” (1 Timoteo 3:15).  Si somos escapistas, si tenemos la necesidad de ser distraídos, o si no podemos sobrellevar las realidades que constituyen nuestra vida y nuestra relación mutua en este mundo presente, ¿a quién hemos de volvernos entonces? ¿Quién puede ayudarnos a hacerle frente a estas realidades y a traer la respuesta redentora de Dios? Entretener significa negar el pensamiento y la contemplación. De hecho, el significado original de la palabra divertir es desviar la atención para engañar. Si estos son los síntomas de nuestra condición como el Cuerpo de Cristo, ¿cuál es entonces nuestra seguridad? El entorno en el cual puedo sentirme confortable junto con cualquier expresión de poder en señales, maravillas o milagros no es con “los grandes hombres de Dios de fe y de poder”, sino en el patrón neotestamentario ejercitado en el contexto del Cuerpo de Cristo.  Esta es la intención de Dios desde el mero principio. Las señales de los apóstoles y las maravillas que ellos realizaban confirmaron sus llamamientos y las verdades de Dios que expresaban y vivían. El Poder estaba en congruencia con el carácter, y no con una “estrella errante” quien es una nube sin agua.  En otras palabras, el contexto seguro en el que Dios deseó que se manifestara Su poder desde el principio y dentro del cual Él tiene la intención de restaurar Sus señales y maravillas debe de ser una expresión de fe que obra por amor.  La fe como un artilugio o fórmula la convierte en un método y en una técnica para la manipulación, aún y cuando se empleen las escrituras. La fe es una cosa demasiado sagrada para ser usada de esa forma. Para guardarnos de emplearla mal, Dios nos dio la conjunción de la fe que “obra por el amor”  (Gálatas 5:6). Por lo tanto, necesitamos conocer a cada quién más que buscar y correr en pos del “gran hombre de fe y de poder” para que nos imponga las manos para liberarnos mágicamente de nuestros dolores. Los mantenemos porque no hemos tenido el valor, en primer lugar, de llamar a los ancianos de la congregación para que nos unjan con aceite y oren la oración de fe para que seamos sanados y que nuestros pecados sean perdonados (ver Santiago 5:14-16). De alguna manera, parece más fácil tener fe en una personalidad impresionante, más que en uno de los ancianos o líderes de la Iglesia, a quienes vemos todos los días. Esto nos libra de la vergüenza de tener que revelar alguna cosa acerca de nuestras vidas que busquemos ocultar, ¡siendo que queremos ser librados de precisamente eso! Debemos de permitir que la demostración de poder al mundo incrédulo, validando el mensaje apostólico, venga dentro de la estructura que Dios diseñó. Su estructura establece la seguridad y la cordura que nos guarda del engaño cuando conocemos a nuestros líderes y somos conocidos por ellos.

¿Y por qué razón necesitaremos de tanta sanidad, o de demostraciones de poder, pues?  Quizás Dios desea que examinemos la causa raíz.  Las más de las veces, existe una conjunción entre el pecado y la falta de salud, y Dios no necesariamente quiere que ésta sea mágicamente restituida. Todavía más importante, Él se reserva la prerrogativa de tratar con la raíz de la enfermedad, la agitación y la tensión que vienen de una vida indisciplinada que no está de acuerdo con la Palabra de Dios.  Debiésemos de ocuparnos con el carácter de nuestra vida, la calidad de nuestra caminata en el Señor, y con la realidad de nuestras vidas en comunión como creyentes. Tenemos resentimientos de los que no hemos hablado, amargura y celos que nos traban porque no somos para confesar nuestras faltas los unos a los otros impidiendo así que se ore y que haya sanidad.  Toda esa evasión saldrá a la superficie, más veces que no, como algo marchando mal en nuestras mentes o en nuestros cuerpos.¿El Poder de Quién? Cuando se prefiere una experiencia como una alternativa de solución rápida en lugar de las disciplinas de buscar a Dios diligentemente, en lugar de la auténtica vida apostólica de la iglesia, en lugar de la negación del yo y cargar con la cruz cada día siguiéndole a Él, nos colocamos en un lugar de peligro espiritual.  ¿No está acaso el Señor cercano a todos los que le buscan?  ¿Cuál es el beneficio duradero de meramente recibir alivio de los síntomas que fueron las consecuencias de serios defectos de carácter?  Ciertamente esos mismísimos defectos de carácter siguen con nosotros hasta que el proceso de santificación ha hecho su obra. Sea lo que fuere que el futuro revele acerca del fenómeno de avivamiento reciente, quizás lo más grande que salga de ahí será el profundo arrepentimiento de multitudes de miles cuando reconozcan su susceptibilidad al engaño, debido a su falta de discernimiento elemental.  En su prisa por correr tras las demostraciones de poder, dentro de atmósferas contrarias a la santidad y carácter conocidos de Dios, se perdieron la realidad de la Iglesia como el Cuerpo de Cristo.

Claramente, un poder, una potestad está obrando, pero la pregunta es, ¿de quién? ¿Quién es el que está mediando, ofreciendo un gozo alternativo y menor a los inmaduros, los carnales, los que no pueden discernir?  Asumiendo que nuestros temores sean exagerados y que las manifestaciones sobrenaturales actuales son de parte de Dios—aunque estropeadas por ciertos excesos—, ¿de qué manera es que los futuros prodigios y señales mentirosos serán diferentes de aquellos con los que estamos siendo presentemente confrontados?  ¿Qué criterio ha de usarse para identificar la diferencia? ¿Estamos presentemente en un nivel de madurez y discernimiento por el cual estas distinciones puedan ser hechas?  ¿A través de qué medios habremos de llegar a ese lugar si tenemos la tendencia a mirar con sospecha a aquellos que solamente están cuestionando la validez de dichas manifestaciones? El ridículo y la censura hacia quienes hacen tales preguntas convierten en sospechosos los reclamos mismos a los que estos revivalistas se adhieren.  El hecho de que algo eventualmente termine en bendición o liberación no es necesariamente la garantía o evidencia de que es de parte de Dios. Porque se levantarán falsos cristos, y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos (Mateo 24:24).

Las mismas potestades, las fuerzas y poderes de las tinieblas que han traído enfermedad y depresión causadas por modos de vivir desordenados o impuros igualmente pueden aliviarlas, e incluso restaurar relaciones que han sido quebrantadas y hechas miserables por ellos, ¡con el propósito de traer un engaño todavía más tremendo a través de la mera remoción del síntoma!  Aun el más arrebatado sentir de amor por Dios puede ser una pseudo-sensación producida por espíritus en aquellos quienes son perezosos, que no hacen discriminación, que no están dispuestos a hacer el sacrificio diario requerido por un amor verdadero y devocional. ¿Es el “hambre de Dios” realmente eso, o es un hambre de experiencias para calmar el alma insegura de que es conocida y aceptada por Dios? ¿No es esto acaso el mismo motivo no confesado que hace que muchos suspiren delante de los profetas de la actualidad con la esperanza de recibir una palabra profética? ¿Acaso esta tendencia no promueve y alienta la inmadurez de tales personas, más que animarlos hacia la obtención de la fe de hijos maduros? ¿Preferimos entonces que se invoquen milagros sobre nuestras vidas que no requieren esfuerzo alguno en lugar de buscar diligentemente a Dios basados en la promesa de Su Palabra?

El Poder En Su Nombre

El énfasis en el poder y los milagros en la Iglesia abunda hoy en día y necesita esta consideración para ser balanceado: Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado. Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán. Y el Señor, después que les habló, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios. Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían (Marcos 16:15-20).

Esta conclusión nos recuerda que una de nuestras tareas principales es predicar, y que el Señor, quien estaba obrando con ellos, confirmó su predicación con las señales que siguieron.  Necesitamos por lo tanto, ver las señales, el poder y los milagros—en el contexto de los propósitos de Dios—no como un sustituto de la Palabra, no como una actividad independiente de la Palabra, sino confirmando la Palabra.  De esa manera fue en el comienzo de la Iglesia, y esa es la manera en la que Dios lo tiene planeado en su conclusión. Mi preocupación es que un poder o potestad está actuando a través de un pueblo que piensa que todo lo que necesita hacer es invocar el nombre de Jesús como un tipo de técnica o metodología.  “En el nombre de Jesús” no es una frase mágica que puede recitarse para obtener los resultados deseados.  El nombre de Jesús es una palabra poderosa que hace referencia a lo que Él es en Sí Mismo.  El efecto deseado de la obra o de la oración debe de estar de acuerdo con lo que el Señor es en Sí Mismo: manso y humilde de corazón.  Esto es el opuesto diametral del pavoneo que tipifica nuestros ministerios de sanidad, de la expectación de resultados dentro de presunción y exaltación egoísta que desarmoniza completamente con Su carácter. Es incluso más revelador leer las escrituras que inmediatamente preceden este pasaje:

Y ellas se fueron huyendo del sepulcro, porque les había tomado temblor y espanto; ni decían nada a nadie, porque tenían miedo.  Habiendo, pues, resucitado Jesús por la mañana, el primer día de la semana, apareció primeramente a María Magdalena, de quien había echado siete demonios.  Yendo ella, lo hizo saber a los que habían estado con él, que estaban tristes y llorando.  Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.  Pero después apareció en otra forma a dos de ellos que iban de camino, yendo al campo. Ellos fueron y lo hicieron saber a los otros; y ni aun a ellos creyeron. Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.  Y les dijo: Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. La narración entera es una crónica de incredulidad, de una indisposición impactante a creer en la evidencia de la resurrección, de indisposición a creer el testimonio de las mujeres que habían recibido dicha evidencia de parte de un ángel.  Justo después de haberles reprochado severamente por su incredulidad, Jesús añade inmediatamente, “Id por todo el mundo…” Tengo un respeto sobrecogedor hacia la sabiduría de Dios.  Esto es perfecto, y está delante de nosotros como una advertencia sobria para todos en cada generación que pudiésemos ser envenenados por la ambición religiosa, pensando que todo lo que tiene que hacerse es aprender a realizar milagros, y que entonces se puede ir y mirar a la gente caer al piso por montones y atestiguar poder y milagros tremendos.

El Señor quiere recordarnos que los mismísimos hombres que Él comisionó para predicar el evangelio fueron aquellos a los cuales Él reprendió por su dureza de corazón e incredulidad.  Que se nos recuerde que somos carne y sangre, tal como ellos, nos mantendrá en un balance seguro.  No estamos hechos de algo mejor.  Es admitir nuestra flaqueza, nuestro fracaso y nuestra debilidad como hombres lo que nos salvará de la arrogancia y presunción que degenera en algo muchísimo peor. No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos.  Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad (Mateo 7:21-23). Este es otro letrero de “cuidado” y un sano recordatorio de que no todo acto, aún si tiene buenas consecuencias, es inspirado por Dios. Hay un poder en el nombre de Jesús que evidentemente algunos pueden invocar, y obtener un resultado, pero que no impresionará a Dios en el Día Final, cuando todos nosotros estemos delante de Él como el Juez, donde nuestras obras serán reveladas y probadas por fuego (1 Corintios 3:13). Muchos de nosotros podríamos estar entre aquellos que le digan, “Señor, Señor, ¿no hicimos estoyaquello, y profetizamos, e hicimos muchos milagros?” El hecho de que la palabra “muchos” se encuentre en este texto, indica que realmente fueron obras sustanciales que surtieron un efecto y que tuvieron consecuencias reales.  Empero, Él llama a aquellos que los hicieron “hacedores de maldad” porque invocaron Su nombre, pero Él jamás les conoció. Esto es una admonición acerca del uso y de la invocación del nombre de Jesús como una especie de frase que, aún en su mala utilización, evidentemente tiene una eficacia activa.  ¡Eso significa que hay un peligro todavía mayor de ser engañados!  Sería muy diferente si esto solamente funcionase bajo una sola condición—que fuera a través de uno que fuese enviado por Dios para hacer una obra, una obra para la honra de Dios y para la glorificación del nombre del Señor, en vez de ser proferido por la boca de un creyente carnal amante de la sensación de poder y de auto-exaltación cuando un milagro es hecho a través de él. ¿Quién de nosotros ha llegado a un lugar de santificación tal que crea que está por encima de esa clase de egocentrismo espiritual? ¿O que no va a sucumbir a la auto-exaltación si ve que grandes milagros están siendo realizados por su mano por haber orado “en el nombre de Jesús”?

Dentro de la esfera donde actúa el poder, existe un riesgo enorme del cual debemos de estar conscientes, puesto que el texto aquí nos recuerda que ellos dirán: “Señor, ¿no hicimos muchos milagros?” Realizar un milagro no es garantía de que se está haciendo la obra de Dios. Ciertamente, no es una garantía de la santidad propia, ni la confirmación de que Dios nos haya enviado, o siquiera de que estamos en una relación correcta con Él.  La mera invocación del nombre del Señor se ha convertido en una práctica muy común.  Cualquiera puede vocalizar la frase, pero ¿eso la santifica?  ¿Decirla hace que sea oficial? Eso es lo que es profano: la utilización del nombre de Dios para validar de alguna manera la cosa humana y religiosa que estamos promoviendo. Necesitamos desarrollar un interés, si no es que una preocupación, por las obras que son demostraciones de poder de Dios, que son de gloria para el nombre de Jesús porque se hacen en Su nombre y en el Espíritu que es acorde con el carácter de Su nombre.  Son obras que se ejecutan en la humildad de personas quienes no están buscando su propia promoción, quienes no se exaltan a sí mismos cuando ven una evidencia de poder al invocar Su nombre.  Necesitamos comprobar el uso del nombre de Jesús en proporción exacta al conocimiento real de Aquél cuyo nombre se invoca. Jesús califica de “malvada” toda obra que no nace del conocimiento de Él o de la glorificación de Su nombre. Él no nos permitirá, sin que suframos consecuencias, que manipulemos el poder independientemente de la calidad de nuestra relación con Él. El poder y los milagros deben de siempre estar en armonía con lo que Dios es en Su propia persona, siempre con humildad y mansedumbre. Solamente llegaremos a ser mansos y humildes en la medida de nuestra unión con Aquél que es manso y humilde.  La marca indiscutible del Dios verdadero, de Su carácter y de Su persona, es Su mansedumbre.  Cuando echemos mano de esa mansedumbre junto con el poder, finalmente habremos llegado a la estatura de hijos e hijas del Dios viviente en Cristo.

Si de alguna forma pensamos que sea imposible que jamás estemos entre los muchos que dirán “Señor, Señor…” entonces nosotros, de entre todos los demás, somos los primeros candidatos a ser engañados.  No hay nada más propicio para el engaño que la actitud pagada de sí misma de que nosotros estamos exentos.  Si nuestra carne ansía lograr grandes obras, milagros espectaculares y demostraciones de poder, más que una relación pura con Jesús en verdad, entonces ya estamos cayendo.  La mejor seguridad para aquellos que serán los instrumentos de Su poder está en tener esta calidad de relación y unión como la primera prioridad antes de la expresión y manifestación del poder. ¿Qué motivos tenemos para desear que el poder sea demostrado?  ¿Es para honrar y glorificar a Dios?  Si nuestro motivo es aliviar la enfermedad y la desesperación, tan honorable como sea, ese no es un motivo puro todavía.  El primer motivo es la glorificación de Su nombre y no una respuesta a la necesidad humana.

Aquél Inicuo

Está claro que el “inicuo” será experto en actuar con poder, señales y maravillas con el propósito de engañar a los desprevenidos: Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; sólo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio.  Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida; inicuo cuyo advenimiento es por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos.  Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia (2 Tesalonicenses 2:7-12). Aquí hay otra advertencia más: hemos de ver cosas que serán incuestionablemente milagrosas.  El Señor las califica como perversas cuando provienen de aquellos quienes no tienen amor por la verdad. Algo bien puede ser un milagro, pero ser un milagro falso o engañoso.  ¿Podemos discernir lo uno de lo otro?  ¿Y en base a qué estamos haciendo la distinción? Tenemos que ver más allá de las cosas que son aparentes, y más allá de las cosas que se emplean para santificarlas cuando, de hecho el asunto es, que son malvadas. La iniquidad aquí, o el espíritu de los hacedores de maldad, es un deseo del alma de recibir gratificación que viene con las señales de poder sin que tengan relación con el carácter y la persona en cuyo nombre están siendo invocados. ¡Esas señales y maravillas lucirán como la cosa de adeveras! Si estamos tan hambrientos de una demostración de poder, o de algo que rompa la monotonía de nuestros predecibles servicios dominicales, vamos a caer de lleno en la trampa.

No se trata solamente de la verdad, o del reconocimiento de la verdad lo que Dios nos señala como crítico a la hora de ser engañados. El punto aquí es que ellos no recibieron unamor por la verdad.  La verdad necesita ser amada, o no sufriremos los sacrificios por los cuales se obtiene dicha verdad.  Confesar nuestras faltas mutuamente es ser veraces. Es un sacrificio humillante y doloroso, y solamente lo haremos si tenemos amor por la verdad.  Tal amor capaz de pagar cualquiera que sea el costo, es la provisión de Dios para guardarnos del engaño y de que seamos deslumbrados por señales y prodigios mentirosos.  Si estamos habituados al efecto de estos, si solamente queremos experimentar la emoción, no hay duda alguna de que hay un vacío en nuestras vidas que desea ser estimulado por el aparente milagro y poder sin hacer demasiadas preguntas acerca de cómo es que sucedió. En ese punto ya no importa quién lo realizó, ni quién está ultimadamente recibiendo el beneficio o la gloria por la actuación, porque ya nos hemos convertido en candidatos al engaño.  ¿Amamos la verdad lo suficiente como para hacer esas preguntas?  ¿Estaremos alertas, o simplemente nos dejaremos impresionar por la fachada exterior? Evidentemente, a la vista de Dios, existe una conjunción entre el carácter y el poder que es muy importante.  Igualmente, hay otra conjunción entre las señales y prodigios mentirosos con la injusticia.  En este contexto, la injusticia es cualquier ejercicio de poder invocando el nombre del Señor que no tenga que ver son Su gloria y honor, sino con la gloria y honor de aquél que lo exhibe.  Recibir la adoración de quienes sean beneficiados por el ministerio es injusticia porque es un uso incorrecto del nombre del Señor con el propósito de auto-exaltarse.

Hay algo más importante que ser liberado de los desesperanzadores síntomas del dolor, algo que es mucho más importante que demostraciones impresionantes de prodigios y señales; se trata del temor de Dios y del deseo de Su gloria. Cuando esto no es nuestro celo y preocupación final, nos hacemos candidatos al engaño.  Las señales y maravillas que son una mentira lo son porque no llaman la atención de aquellos quienes los observan o de quienes se benefician de ellos hacia el Señor Mismo, sino hacia aquél quien los realiza “en el nombre del Señor”. Pero nosotros debemos dar siempre gracias a Dios respecto a vosotros, hermanos amados por el Señor, de que Dios os haya escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad, a lo cual os llamó mediante nuestro evangelio, para alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo (2 Tesalonicenses 2:13-14). Aquí está la referencia a la gloria de Dios como un factor preponderante para estar seguros. ¿Quién de nosotros preferiría continuar con el sufrimiento de una enfermedad física no sanada si fuera más apropiado para asegurar la gloria de Dios que nuestra sanidad?  En la sabiduría del Señor, existen sufrimientos físicos que no son sanados.  Este asunto es lo que le place a Él hacer, lo que mejor sirve a Sus propósitos, y lo que redunda para Su gloria eterna.  Dios no nos ha llamado a una Cristiandad con bombo y platillo, a la conveniencia carismática, a servicios emocionantes o a personalidades grandiosas; Él nos ha llamado a alcanzar la gloria de nuestro Señor Jesucristo.

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